Hace unos días estuve comiendo en un restaurante con mi chico y unas parejas de amigos. En dos mesas había niños pequeños de no más de 7 u 8 años. Mientras los de una mesa estaban garabateando cosas en un cuaderno y comiendo formales, los de la otra mesa nos dieron la comida a todos los demás; gritos, peleas, carreras entre las mesas… y los padres, oye, ni se inmutaban. Vamos, que lo que no disfrutamos los demás ellos se ve que sí, porque no parecía importarles nada el comportamiento de sus hijos.

Así las cosas, no tardó en salir a colación el aumento de la oferta de restaurantes y hoteles sólo para adultos.

Al día siguiente tuvimos una comida familiar y mencionamos la experiencia del día anterior. Volvió a salir a la palestra la polémica de la oferta de hostelería sólo para adultos. Pero las opiniones a favor y en contra sobre ella eran dispares.

Quienes estaban a favor abogaban por su derecho a una cena o unos días tranquilos de descanso. Quienes estaban en contra llamaban a los otros anti niños. Los que estaban a favor afirmaban que ya hay muchos hoteles familiares y que el que exista oferta en hostelería para distintos tipos de público no impide a las familias encontrar restaurantes ni hoteles adecuados para ellos. Mientras los que se posicionaban en contra, llamaban egoístas a los otros y aseguraban que si todos hacían lo mismo los niños no podrían salir de casa.

La terrible conclusión que saqué es que en realidad todos éramos bastante intolerantes unos con otros. Y eso mientras todos pedían tolerancia para su causa. Unos alegando que los niños son niños, que la gente se queja de todo y que hay que respetar que las familias salgan juntas y si los niños molestan ” pues te aguantas, que a saber qué habrás hecho tú de niño”. Los otros, que los niños no molestan por ser niños, molestan sólo los que están mal educados sin que a sus padres les importe, y que por si acaso se da con varios de estos últimos uno puede optar por ir a un restaurante o un hotel de entrada sólo para adultos, asegurándose evitar que ese día toque niños maleducados en el menú “porque cada vez lo son más y no me extraña viendo los argumentos de sus padres”.

Todos pedían empatía pero en realidad lo que estaban pidiendo es que el otro se uniese a su opinión.

Yo procuré no embarrarme en una discusión que no iba a llegar a ningún lado pero saqué varias conclusiones:

* No me parece mal que existan hoteles y restaurantes sólo para adultos. También existen locales dog friendly y no tienen por qué molestarme a mí que no me apetece cenar en un comedor con dos docenas de perros desconocidos. O igual que hay locales nudistas y no me van a admitir a mí si aparezco vestida. Hay todo tipo de oferta y, en lugar de enfadarnos por sentirnos excluidos de un grupo, creo que lo mejor es encontrar aquella que de verdad nos interese por los motivos que sean.

* La educación y el respeto no se puede exigir si uno no está dispuesto a su vez a actuar de la misma forma.

* Es absurdo discutir cuando el objetivo de la discusión es tener la razón en lugar de llegar a buen entendimiento y a un deseado acuerdo.

Y tú, ¿qué opinas de la oferta de hoteles y restaurantes sólo para adultos? ¿Estás a favor o en contra?